Para realizar el segundo episodio de Mediterráneo Salvaje en Apnea, mi proyecto más especial para este verano del 26, me dirijo muy temprano a uno de los tramos más mágicos de la Costa Brava. Cuando llego me encuentro el Mar en calma, agua cristalina, una luz perfecta y no demasiada gente. He preparado un recorrido circular entre tres preciosas calas de Platja d’Aro y Sant Antoni de Calonge. Parece uno de esos días que empiezan bien.
Con mi equipo básico de apnea y la cámara lista, entro al agua y el espectáculo arranca sin avisar. Raspallones, mojarras, fredis, julias, serranos, salmonetes de roca… todo a la vez, como si hubiera caído de bruces en un acuario salvaje que no entiende de pausas ni de presentaciones.
Alterno momentos de flotación en superficie —ventilo, recupero, observo— con inmersiones de tres a seis metros de profundidad, jugando con la luz y las sombras del fondo. En una de esas bajadas, una gran pared de roca me guía hasta un banco enorme de salemas que explota saliendo desde una grieta como si el Mediterráneo se abriera para saludarme. Las persigo unos segundos maravillado...
Desde arriba veo movimiento por todas partes. Un sargo picudo rebusca comida acompañado por un fredi y varias mojarras. Más abajo, en una hendidura oscura, unos tordos se dejan limpiar con una calma casi hipnótica. Es un ecosistema en plena coreografía. Dudo si bajar a filmar esa estación de higiene y servicios... pero sé perfectamente que cuando descienda el momento se diluirá por completo.
De vez en cuando levanto la vista hacia la costa para confirmar la ruta que estudié antes de venir… pero el fondo me reclama enseguida. Aparecen las primeras posidonias y los primeros erizos de mar de la temporada. Bajo a verlos: parecen erizos negros, brillantes y perfectamente colocados como si alguien los hubiera puesto ahí para decorar.
Sigo avanzando pegado a las grandes rocas, mi mejor escondite para acercarme sin ser visto en este entorno tan diferente a los Bosques, Montañas y Humedales en los que paso gran parte del año. Mojarras, posidonia, un fredi que pasa como un rayo, tordos que patrullan… este Mediterráneo está muy vivo, y cada momento me regala una escena distinta y a cual más preciosa. Me cuesta fijar el objetivo de la cámara en un plano concreto porque lo grabaría todo!
Estoy disfrutando como cuando era un niño. Años de entrenamiento de fuerza, cardio y piscina hacen que este recorrido sea, para mí, puro placer. Me permito incluso experimentar: dejo la cámara en el fondo para grabarme… pero una julia macho decide robarme el plano. Se acerca, me mira, posa, juega conmigo unos segundos. Un momento inesperado y precioso que ha quedado filmado en el vídeo.
Subo, respiro, bajo otra vez. El ciclo perfecto. Voy a por un banco de raspallones y termino rodeado de castañuelas, salemas y un grupo de obladas que cruza a toda velocidad. Aquí abajo es imposible aburrirse. La biodiversidad de esta zona es una locura. Y me encanta enseñarte lo que hay bajo esa superficie azul que vemos desde las calas cuando estamos tumbados sobre la arena. Las posidonias tienen mucho que ver con ello: aportan oxígeno, refugio, claridad del agua… son el corazón de este ecosistema.
Una hora después, el límite de seguridad que me marqué, salgo del agua completamente feliz. Ha sido una jornada espectacular que me alegra poderte compartir en vídeo... Espero que te guste!
