El amanecer y el atardecer son los instantes más propicios para encontrar corzos, y en realidad para descubrir a buena parte de la fauna salvaje cuando la Naturaleza respira sin testigos. Tras una larga tarde en la que apenas logro ver algunas aves esquivas, decido pasar la noche en un escondite natural tan precario como silencioso.
Las horas avanzan despacio, mecido por el murmullo del bosque, apenas interrumpido por el canto lejano de algún búho. Luego llega una llovizna fina, casi amable, que puedo soportar gracias al poncho que nunca falta en mi mochila. Cuando por fin amanece, el mundo entero parece despertar a la vez, y los cantos de los pájaros se multiplican como si celebraran el regreso de la luz.
Me pongo en marcha y camino entre los árboles, atento a huellas y rastros. La del corzo es fácil de reconocer, una firma delicada que delata su presencia. Suelen alimentarse en campos y prados abiertos, siempre cerca del bosque que les ofrece refugio ante cualquier alarma. Aunque acostumbran a ser solitarios, en otoño e invierno pueden reunirse en pequeños grupos. Los machos lucen una cuerna que renuevan cada año. Son criaturas esquivas, casi etéreas, por eso muchos los llaman los duendes del bosque.
Entre la niebla y con las primeras luces del día —un desafío constante para mi modesta cámara— sigo las señales hasta que, por fin, me encuentro con un grupo de estos hermosos cérvidos alimentándose en un campo de cultivo, no muy cerca, pero lo suficiente para poder tomar algunas imágenes.
El instante del encuentro es una sacudida de emociones que aún guardo intacta, y que por suerte pude grabar en vídeo aquella mañana de enero de 2025. Allí, en ese cruce de luz, silencio y vida salvaje, comenzó este proyecto. En aquel momento intenso y fugaz recordé una frase: "Déjate llevar, la Vida sabe el camino".
