Desayuno en el confortable
interior del 4x4 mientras espero a que salga el Sol entre la densa niebla que diluye
el paisaje de invierno. Cuando las primeras luces del amanecer se imponen al
gris profundo comienzo a recorrer las pistas de tierra, lentamente, entre la
bruma, observando el horizonte con toda la atención puesta en la más mínima
señal de la presencia de algún animal salvaje.
No tardo demasiado en ver un
grupo de Corzos, pero están tan lejos que apenas distingo sus siluetas. Me
detengo en un lugar desde el que no podrán verme y salgo del coche con sumo
cuidado, sin hacer ningún ruido. Recorro sigilosamente unos doscientos metros y
me aproximo a la divisoria agazapado como un leopardo. Ahora puedo verlos
mejor: hay dos machos con la cuerna cubierta de borra y cuatro hembras. Parece
que están jugando: se persiguen, corretean, saltan, seguramente forma parte de
los rituales de cortejo. Mientras tomo algunas imágenes con el zoom al máximo uno
de los machos me detecta, clava su mirada en mí y da el aviso al resto. El
grupo se pone rápidamente en movimiento y desaparece en un instante tras una
loma. Intuyo hacia donde se dirigen, así que regreso al coche, me pongo el
traje de ocultación y prosigo…
Minutos después aparco junto al
frondoso pinar que rodea la zona en la que creo que podré encontrarlos de
nuevo. Cruzo la riera que hoy baja con algo de agua limpia y cristalina, una
buena noticia tras tantos años de sequía, y remonto el pedregoso sendero en completo
silencio con la cámara preparada. Me muevo como una sombra, procurando fundirme
con el entorno sin delatar mi presencia. Al final del camino, camuflado entre
los árboles, observo con atención el bello paisaje que despierta. A mi favor, sopla una fuerte y helada brisa que hiela mis ojos.
Dos corzos machos se dirigen hacia
el Sur, flanqueando un campo recién sembrado. Están demasiado lejos para tomar
una buena foto, así que me dirijo hacia uno de los escondites que conozco en
esta zona y por el que seguramente acabarán pasando. Pero antes de llegar al
lugar me doy cuenta de que ya están demasiado cerca y yo estoy justo en medio
de su trayectoria. Mi corazón empieza a latir con la fuerza de un tambor
gigante, respiro… pienso en décimas de segundo: no quiero asustarlos, mi única
opción es esconderme precipitadamente aprovechando unas pequeñas encinas que tengo
a mi espalda.
Me agacho entre las ramas apoyándome
en una rodilla para estabilizar al máximo la cámara. Permanezco inmóvil, mudo,
casi invisible. Dos preciosos corzos aparecen en el visor. Miran hacia mí y se
detienen. En sus bonitos ojos negros puedo ver que intuyen que hay algo
sospechoso justo delante, pero no saben qué es. Olfatean el aire, aguzan sus
grandes orejas. Apenas siete metros nos separan. Disparo, disparo, acerco el
zoom, disparo… El líder decide no seguir avanzando y precavidamente cambia de
rumbo. Se marchan al trote y sus
estilizadas y ágiles figuras se desvanecen. Suspiro profundamente al tiempo que
me dejo caer al suelo húmedo y frío del Bosque para revisar las imágenes. Una
emoción intensa me invade cuando constato que este momento casi mágico ha
quedado plasmado en unas pocas fotos. Después, mientras camino de regreso, siento
que esa mirada se ha grabado como un tatuaje en mi alma.
