La previsión de la meteorología no es demasiado buena, y tengo mis dudas en salir hacia el lugar escogido en los Pirineos para intentar filmar Muflones salvajes en libertad. He preparado la mochila de montaña con un equipo básico y minimalista que me permitirá pernoctar en altura y "sobrevivir" durante 24 horas. Tras más de cuatro décadas subiendo montañas y recorriendo senderos, sé perfectamente que la experiencia es el mejor equipamiento posible, pero también sé que el peso de una mochila, y su contenido, son claves para progresar en un entorno tan exigente y agreste.
Todo mi equipo está pensado para el éxito. Toda mi ropa, incluso la mochila, son de color verde caqui o gris. Para ahorrar peso descarto llevar un traje completo de camuflaje, así que solo llevo un par de bragas de cuello para camuflar mi rostro y cabeza. Por el mismo motivo, acabo dejando en casa la cámara con el teleobjetivo – que añadirían más de 3 Kg – y llevaré solo una bridge, mucho más ligera, aunque perderé calidad de imagen. No llevo nada superfluo, ni tan solo una ración extra de comida o una camiseta de recambio.
Reviso el mapa por última vez. Es un itinerario duro y exigente. Recorreré unos 16 km salvando 1.600 m de desnivel en 24 horas, alcanzando una cota máxima de 2.560 m, cargado con una mochila de 10 kg. No del todo convencido, porque la posibilidad de encontrar muflones es bastante baja, me lanzo al viaje hasta los Pirineos como un paracaidista que salta al vacío... con total confianza.
Tras dos horas de coche y cuatro horas de una muy intensa caminata, paso por un refugio a casi 2.000 m en el que descanso un rato, me hidrato y me refresco. Esperaré hasta las 17:00 h, cuando el Sol ya empiece a descender, para remontar el valle. Mientras tanto reviso de nuevo el mapa y compruebo las referencias visuales que tengo por delante.
Subo a buen ritmo hacia la zona escogida para vivaquear, a 2.200 m de altura, aunque no podré montar la tienda hasta la puesta del Sol. Los silbidos de las marmotas avisan de mi presencia. Algunas collalbas se posan en las rocas y me observan con cierta curiosidad. Poco a poco gano altura y entro en un mundo salvaje lleno de vida. Encuentro varias manadas de rebecos, algunas con más de 30 ejemplares, y entonces comienzo la búsqueda de Muflones.
Dejo mi mochila junto a una roca y avanzo solo con la cámara, con el rostro y la cabeza tapadas con las bragas. Me muevo como un animal, no como un humano: voy agachado, sin prisa, parando, observando, a veces subo, a veces bajo y eso me permite aproximarme a menos de 100 m de un grupo de rebecos que me observan con curiosidad: “¿y esto que viene qué es?”. Un macho dominante me lanza un par de bufidos, pero como me siento en el suelo y miro hacia otra parte, le queda claro que mis intenciones no son malas. Pero sigo avanzando, de roca en roca, usándolas como apoyos y escondites de fortuna.
Sobre las 19:00 h, en plena hora dorada, una luz inmejorable baña la ladera sur de la montaña y veo a través del visor - con el zoom al máximo- dos figuras entre los rebecos que no son rebecos: ¡son muflones!. Mi corazón late con fuerza y la emoción me invade profundamente: ¡Muflones en los Pirineos!.
Para tomar las mejores imágenes posibles sigo acercándome más y más, poco a poco, roca tras roca, paso tras paso, en absoluto silencio. Los rebecos pastan tranquilos, las marmotas corretean entre ellos, las pequeñas aves cazan insectos, los buitres sobrevuelan el territorio y entonces veo no dos, sino cuatro Muflones macho, con sus cuernas en espiral, preciosos y majestuosos. Me sorprende constatar que pastan junto a los rebecos con mucha tolerancia, parece que ambas especies se llevan bastante bien... conviven.
Permanezco casi media hora tomando imágenes agazapado, casi inmóvil. Pero las sombras del atardecer van oscureciendo el valle, y decido dar por terminada la sesión. Me alejo del grupo de animales que sigue con su vida tranquilamente y voy a buscar la mochila. Cuando la encuentro, a más de 1 km, busco un lugar en el que instalarme.
Primero preparo una cena para reponer energías, y cuando el Sol desaparece en el horizonte monto la tienda de vivac, mínima y diminuta, que hoy será la mejor habitación de hotel del mundo. El viento se levanta, la temperatura baja, la luz se marcha. Me pongo la ropa térmica y me meto en el saco dejando todo bien ordenado y en su sitio. Repaso mentalmente el mapa y el plan para mañana: subir hasta el collado y bajar hasta el punto en el que acabaré la aventura. Necesitaré más agua, así que tendré que potabilizar al menos dos litros. No será problema porque hay manantiales en el recorrido.
Dormir solo en un rincón tan salvaje y rodeado de fauna es pura desconexión, o conexión, según se mire. A las 12 de la noche me despierto. Siento cómo la luz de la luna me acaricia el rostro e ilumina la estancia. Salgo del saco y de la tienda para vivir ese momento único en mitad de la nada; las estrellas me saludan con un brillo intensísimo suspendidas en el aire puro, frío y cristalino de la alta montaña. El silencio es absoluto. El rocío me refresca. Es la magia del vivac en estado puro. Mi alma se llena de vida.
A la mañana siguiente, con las primeras luces y las piernas frescas, tras un descanso reparador y un desayuno contundente dentro de la tienda, afronto el tramo más duro: el ascenso directo al Collado de 2.560 m. Es un auténtico muro vertical donde el esfuerzo físico es extremo. Durante la remontada por los sectores más escarpados, la montaña se despide con un último regalo: un pequeño grupo de rebecos cruza a gran velocidad las tarteras superiores, unos cernícalos cazan en las cumbres, un quebrantahuesos surca el aire en silencio a contraluz… Las nubes oscurecen el cielo, una ligera llovizna me renueva.
Ya solo me quedan un par de horas de bajada. Me siento completamente feliz y agradezco a la Naturaleza el gran regalo que me ha dado mientras mis pasos me llevan de regreso, al tiempo que el Sol se impone entre las nubes.
Solo es imposible aquello que no intentas.
De momento puedes ver el Tráiler del próximo vídeo en formato Short.
ESTRENO el 6 de Septiembre.
FOTOS y VIDEO. Fecha: 25.08.2026. LUGAR: Parque Natural Ter Freser, Girona. Fotos: 1. Yo, cargado con la mochila en un sendero rompepiernas. 2. Collalba gris (Oenanthe oenanthe) sobre una roca. 3. Vista panorámica del vivac tras ponerse el Sol, a 2.200 m de altitud. 4. Un grupo de Muflones (Ovis orientalis musimon) pasta junto a Rebecos (Rupicapra rupicapra) 5. Un macho de Muflón majestuoso me regala un gran premio. Los muflones fueron introducidos en la zona en la década de los 60 por motivos cinegéticos. CÁMARA: Canon SX70 HS.
INFORMACIÓN sobre la RUTA: Ruta exigente y dura no apta para todos los públicos. Dificultad de orientación en el itinerario sin caminos señalizados, cantidad de esfuerzo muy alta. En esta zona se puede hacer vivac siguiendo la normativa vigente: a más de 2000 m de altura y más de 2 km de distancia de cualquier refugio, desde la puesta hasta la salida del Sol.
