Hoy he subido a una de mis zonas preferidas del Pirineo para
intentar capturar con mi cámara a la fauna salvaje que habita en estas montañas.
Aunque la meteorología prometía buen tiempo, a casi 2000 metros de altura el
viento sopla en ocasiones por encima de los 50 kilómetros por hora, por lo que
la sensación térmica es de 7 u 8 grados bajo cero.
La alta montaña es un entorno hostil al que hay que ir bien informado y preparado física y técnicamente. Yo sigo un programa semanal de entrenamiento de fuerza y cardio, y a lo largo de mi vida he subido cientos de montañas, incluyendo casi todas las cumbres que puedo divisar desde aquí. Ahora me dedico más a la fotografía de Naturaleza en entornos más amables y accesibles: Montjuïc, Delta del Llobregat, Campos y Bosques de la Cataluña central y otras zonas del país. Pero aquí en las montañas del Pirineo me siento como en casa.
Establezco un primer punto de observación en la amplia cresta que
une el Taga con el Puig Estela, dos picos de más de 2000 metros. En mi mochila
de 20 litros llevo todo el equipamiento que me permitiría incluso hacer un
vivac de emergencia y superar casi cualquier adversidad. Nunca se sabe aquí
arriba. Llevo mi mejor cámara y dos objetivos: uno que me servirá para las
tomas a larga distancia y otro que utilizaré para los paisajes y detalles. Eso
ha añadido dos kilos y medio de peso a mi equipamiento.
Mi cámara auxiliar en esta jornada es la de mi propio
móvil, que como podrás comprobar en el vídeo deja de responder por momentos, supongo que afectada
por el fuerte viento y la baja temperatura.
Ando de un lado al otro de la cresta, de la cara NORTE a la
cara SUR, a veces atravesando neveros, haciendo círculos cada vez más amplios,
hasta que por fin encuentro rastros evidentes de la presencia de Rebecos. Voy
cambiando de puesto de observación y rastreo con el zoom las zonas en las que
creo que podré encontrarlos. Pero no consigo verlos.
Una bandada de chovas se alimenta al otro lado de la
vertiente. Los llamamos los pájaros de las tormentas, porque suelen presagiar
el mal tiempo, pero también por la maestría con la que vuelan con ráfagas
huracanadas. La previsión es que a partir de las 13 horas el viento irá
intensificándose cada vez más. Las nubes en las cumbres más altas cada vez son
más oscuras y amenazadoras.
Queda poco tiempo, mi mente empieza a imaginar Rebecos por todas
partes resistiéndose a acabar la jornada sin haberlos visto. Los veo en cada
piedra, en cada arbusto, en cada sombra… Hasta que al final una de esas piedras
resulta ser un Rebeco salvaje descansando. Me siento para observar mejor y me
doy cuenta que no hay solo uno… hay dos… tres!! Ahora empieza la parte más
difícil: acercarme al máximo sin que me detecten para poder tomar las mejores
imágenes posibles, aunque las turbulencias térmicas que crea el aire caliente
en esta ladera no van a ponérmelo nada fácil…
Sigo mi máxima de dispara primero y acércate después. Así
que voy acercándome al pequeño rebaño como un leopardo de las nieves,
agazapado, con movimientos suaves, aprovechando los pequeños accidentes del
terreno a mi favor. Cada vez estoy más cerca, disparo, grabo y vuelvo a
acercarme con sigilo. Llego a unos 120 metros del grupo me tumbo entre unas
rocas, junto a unos enebros. Con un traje de ocultación quizás podría haberme
acercado más, pero hoy llevo equipamiento técnico de montaña, aunque en tonos
verdes y marrones que también ayudan. La adrenalina corre por mis venas y el
corazón me late con fuerza.
A partir de aquí, contemplar a los Rebecos y a un grupo de marmotas que
están algo más abajo, compensa con creces las casi 8 horas de frío intenso, la
subida a la cresta y la búsqueda durante toda la mañana en movimiento constante
de aquí para allá.
La Naturaleza siempre recompensa a quién sabe esperar y la respeta.
